


La frecuencia e intensidad del ejercicio influyen en la prevención de la demencia: qué aconsejan los expertos



La Sociedad de Alzheimer del Reino Unido ha precisado que “las personas que hacen ejercicio regularmente pueden tener hasta un 20% menos de probabilidades de desarrollar demencia que aquellas que no lo hacen de forma regular”.
Una nueva investigación ha indagado en cómo debe ser la actividad física que favorece el cerebro. Sesiones breves y vigorosas frecuentes de ejercicio muestran un vínculo claro con una mejor salud cerebral y fortalecimiento de la función ejecutiva en adultos mayores, de acuerdo con un estudio publicado en Alzheimer’s Research & Therapy.
El estudio enfatizó que no es suficiente sumar minutos de movimiento: la forma en que se estructura cada sesión, especialmente la frecuencia y la intensidad medida por el ritmo de pasos, resulta determinante para proteger el cerebro frente al envejecimiento.
Basándose en el seguimiento de 279 adultos entre 40 y 91 años sin diagnóstico de demencia, el equipo liderado por Claire J. Cadwallader aplicó tecnología de monitoreo continuo utilizando dispositivos durante 30 días consecutivos, permitiendo así registrar tanto ejercicio deliberado como movimientos cotidianos. A diferencia de otros estudios basados en autoinforme, esta metodología aportó una precisión inédita en la identificación de los episodios de actividad física intencionada y su impacto en la estructura y función cerebral, según el informe.
Ejercicio físico y salud cerebral
La recolección y análisis de datos mediante algoritmos propios permitieron a los investigadores distinguir entre quienes realizaron al menos una sesión deliberada —definida como un mínimo de 10 minutos a 40 pasos por minuto o más— y quienes no lo hicieron. Este método superó la mayoría de los enfoques previos, centrados en registros globales de tiempo o pasos diarios, al identificar los llamados “componentes activos” con impacto específico sobre el cerebro.
Los resultados mostraron que el 79% de la muestra logró completar al menos una sesión de actividad física estructurada durante el período de medición. Dentro de este grupo, la frecuencia de las sesiones y la velocidad de los pasos fueron las variables más poderosas para predecir mejorías en la salud de la materia blanca cerebral y el rendimiento en funciones ejecutivas, como memoria de trabajo, velocidad mental y capacidad de resolución de problemas. El efecto positivo fue aún más marcado en el caso de las mujeres.
La investigación de Cadwallader y su equipo encontró niveles inferiores de carga de hiperintensidad de sustancia blanca —un marcador clave de daño cerebrovascular— entre quienes incorporaban al menos una sesión intencionada de ejercicio, en comparación con aquellos que no lo hacían. Este hallazgo afianza la tesis de que no solo importa la cantidad de actividad, sino la configuración específica de cada episodio de movimiento.
En el grupo que no realizó sesiones estructuradas (el 21% de los participantes), se observó que acumular más pasos totales al día seguía asociado con indicadores de mejor salud cerebral, aunque en menor medida que las sesiones breves y rápidas.
El estudio se suma a una línea de trabajos que señalan cómo la actividad física regular mejora funciones cognitivas y reduce el riesgo de demencia, aunque destaca que muchos estudios anteriores eran observacionales y sus resultados no siempre se reproducían en ensayos clínicos aleatorizados. Según los investigadores, esta nueva evidencia, sustentada en mediciones objetivas y prolongadas, contribuye a precisar qué características —frecuencia, intensidad, duración— hacen más efectivos los programas de ejercicio para la protección neurocognitiva.
Según detalla la publicación, la mayor precisión provino del uso de monitores de actividad portátiles, que permiten evaluar minuto a minuto movimientos tanto de ejercicio formal como de la vida diaria. Así, los autores concluyen que incluir sesiones cortas y frecuentes de actividad física de cierta intensidad puede ser la estrategia más eficaz para preservar la salud cerebral a largo plazo, sin desconocer que moverse más en general —aunque no sea en forma estructurada— también trae beneficios.
La investigación cita la necesidad de ajustar las recomendaciones públicas y personalizar las rutinas de ejercicio para adultos mayores, observando no solo la cantidad total de minutos activos, sino la forma en que se organizan y reparten a lo largo de la semana. Concluye el equipo que cualquier actividad es mejor que ninguna cuando de proteger el cerebro que envejece se trata.
INFOBAE








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