


La soledad después de los 70 puede transformarse en una nueva libertad



Vivir la soledad en la vejez provoca inquietudes tan antiguas como universales. El doctor Boris Cyrulnik, psiquiatra, explora en profundidad cómo la ausencia de compañía transforma la percepción de uno mismo y el sentido vital pasados los setenta años. “Después de los 70, la soledad da miedo porque se la asocia inmediatamente al abandono”, dice.
Pero según Cyrulnik, aunque esta etapa puede ser fuente de sufrimiento, también puede serlo de descubrimiento. La soledad, lejos de significar solo abandono, abre la posibilidad de reconstruir la identidad, ejercer una libertad interior inédita y recuperar la dignidad cotidiana. El vacío emocional tras la partida de la pareja no implica necesariamente un vacío de sentido vital.
“¿Y si termino mi vida solo? Después de setenta años, esta pregunta ya no es teórica. Es real, a veces es brutal y, sobre todo, es profundamente humana”, admite Cyrulnik. Pero la soledad no llega por sorpresa, sino que se instala tras pérdidas sucesivas: “Un cónyuge que desaparece, una pareja que se apaga tras años compartidos, amigos que se van uno a uno y, de repente, queda el silencio”.
Ese silencio, sostiene, puede ser una oportunidad. “No siempre significa condena. Puede ser un terreno para la reconstrucción interior”. El vacío abre una pregunta desafiante: “¿Quién soy ahora que estoy solo?”. Abordarla, según Cyrulnik, permite reencontrar una identidad relegada por años.
Reconstrucción personal y libertad en la soledad
La soledad, para Cyrulnik, puede convertirse en una puerta hacia una nueva libertad. “Se reaprende a escucharse, a comer cuando se tiene hambre, no cuando es la hora”, afirma. Surge una libertad discreta, “que no tiene nada que demostrar”.
En este camino aparecen momentos de carencia y miedo, sobre todo ante enfermedades o festividades que remarcan la ausencia de compañía. Pero Cyrulnik diferencia soledad de abandono: “El abandono real no es estar solo, es dejar de existir ante los propios ojos”. Muchas personas, señala, redescubren asombro y capacidad de reflexión, convirtiendo la soledad en un espacio de reparación.
Reconstruir no significa partir de cero: “Significa integrar grietas, pérdidas y límites”. Aprender a mirarse “por lo que aún es”, sin juicios sobre el pasado, marca una reconciliación con la propia vida. “No es una victoria brillante, no es una revancha. Es una reconstrucción silenciosa, casi invisible a los ojos de los demás”.
El amor después de los setenta años
Cyrulnik cuestiona la creencia social de que el amor es patrimonio exclusivo de la juventud. “Después de los setenta años, el amor no desaparece. Se transforma. Sale del territorio de la conquista para entrar en el de la presencia”, asegura. Ya no necesita ser validado ni exhibido.
A esa edad, el amor cobra nuevas formas. “No se ama para reafirmarse, sino para sentirse vivo”, explica. Ya no está centrado solo en la pareja: puede ser un lazo profundo con amistades, hijos, nietos o pequeñas rutinas diarias. “Lo que cambia no es la intensidad de la necesidad de amor, sino la forma que adopta”.
El reconocimiento social aún privilegia la pareja tradicional, pero el amor puede volverse “más flexible, menos exigente, menos posesivo”. En ocasiones, se orienta hacia el autocuidado: “No es egoísmo, es una forma de madurez afectiva”. También permanece la ternura por los afectos pasados y por quienes ya no están, manteniéndose como “una presencia silenciosa en el interior”. Amar es, a veces, “sentir conexión con el mundo, la naturaleza, la música o los recuerdos”. La ausencia de pareja puede convertirse en un “revelador silencioso” que enfrenta al individuo consigo mismo.
Vínculos y relaciones en la vejez
Reducir el vínculo humano únicamente a la pareja “empobrece la experiencia vital”, advierte Cyrulnik. “Durante mucho tiempo, se ha contado una sola historia sobre el vínculo humano. Amar era estar en pareja”. A partir de los setenta años, los vínculos adquieren formas diversas y mayor importancia.
Las amistades antiguas, dice, pueden superar en profundidad a una relación de pareja, y los encuentros frecuentes “estructuran la cotidianeidad y devuelven un lugar en el mundo”. Tras el fin de una relación, toca reaprender a tejer vínculos.
La calidad de los vínculos “no depende de su intensidad emocional”, sino de la regularidad y del papel que cumplen en dar sentido a la vida diaria. Resalta especialmente las relaciones intergeneracionales, que brindan la posibilidad de transmitir experiencia y hallar utilidad en la cadena humana.
Incluso con quienes han partido persiste un lazo: “Los muertos continúan a veces ejerciendo un papel interior”. Para Cyrulnik, el vínculo humano “no necesita una pareja única para existir”, sino la oportunidad de nuevos encuentros.
Libertad y sentido de la vida en la vejez
La libertad tardía es, para Cyrulnik, real y transformadora aunque poco visible. “No es espectacular, no se exhibe, no busca impresionar. Es una libertad interior, casi invisible, pero profundamente transformadora”, afirma. Después de años de concesiones, emerge una soberanía personal y también la posibilidad de elegir ritmos y placeres redescubiertos.
Esta libertad se manifiesta en gestos cotidianos: decidir horarios, disfrutar de leer o caminar sin requerimientos ajenos. “La soledad, en este contexto, actúa como un revelador de deseos enterrados”. La mirada de los otros pierde peso y surge la capacidad de decir no o rechazar imposiciones externas.
La libertad tardía no es una conquista contra alguien, sino una reconciliación con la propia historia y las capacidades presentes. El sentido de la vida en la vejez se redefine y proviene de gestos simples: cuidar el cuerpo, mantener rutinas, preservar el espacio propio. Puede nacer también de transmitir conocimientos y de la conexión con el presente, desde un rayo de luz hasta una conversación breve.
Sostener el sentido vital exige una solidez interior para soportar la ausencia de validación externa. “Envejecer solo no significa retirarse del mundo. Puede significar habitar el mundo de otra manera, con menos ruido, menos dispersión, más esencialidad”.
En este tránsito, Cyrulnik reconoce una dignidad renovada: la capacidad de conferir valor y significado a la vida propia sin depender del reconocimiento de los demás. Habitar el silencio tras la ausencia puede ofrecer, lejos de la resignación, una serenidad inesperada y el privilegio de existir sin necesidad de validación externa, ni de justificarse por seguir aquí.
INFOBAE






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