Un estudio internacional identificó por qué un 25% de los casos de ELA tendría origen genético

La investigación revela que muchos diagnósticos previamente atribuidos al azar estarían vinculados con alteraciones en el ADN. Cómo este avance podría replantear la necesidad de revisar los protocolos médicos.
Interés General01 de abril de 2026

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La esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una de las enfermedades neurodegenerativas más complejas y devastadoras, empieza a mostrar una dimensión genética más amplia de lo que se creía. Un estudio internacional coordinado por el consorcio Project MinE, con participación de King’s College London y publicado en Nature Genetics, determinó que el 25% de los pacientes presenta variantes genéticas asociadas a la enfermedad.

El dato marca un punto de inflexión. Hasta ahora, el componente hereditario se estimaba en torno al 20%. Este aumento no solo amplía el conocimiento sobre el origen de la ELA, sino que también obliga a repensar cómo se diagnostica, se estudia y se trata.

Qué es la ELA y por qué representa un desafío médico

La ELA afecta a las neuronas motoras, encargadas de transmitir las órdenes del cerebro a los músculos. Cuando estas células dejan de funcionar, se produce una pérdida progresiva en la capacidad de movimiento muscular.

En términos simples, el cuerpo deja de responder a las señales que normalmente permiten caminar, hablar o incluso respirar. Este deterioro es progresivo y, en la mayoría de los casos, la expectativa de vida se sitúa entre dos y cinco años desde el diagnóstico.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las enfermedades neurológicas constituyen la principal causa de discapacidad a nivel global y afectan a más de 3.000 millones de personas, además de provocar más de 11 millones de muertes al año, lo que refuerza la necesidad de avanzar en su comprensión y tratamiento.

Una de las mayores dificultades de esta enfermedad es su variabilidad. No todos los pacientes presentan el mismo recorrido clínico, lo que complica tanto la detección temprana como el desarrollo de tratamientos efectivos.

Un hallazgo clave: la genética tiene más peso del esperado

El estudio revela que 1 de cada 4 pacientes tiene una base genética identificable, incluso en ausencia de antecedentes familiares.

Esto cambia una idea muy instalada: que la ELA hereditaria es poco frecuente y se limita a ciertos casos familiares. En realidad, muchas personas consideradas dentro de los casos “esporádicos” también presentan alteraciones en su ADN relacionadas con la enfermedad.

Es decir, la genética no solo explica los casos conocidos de transmisión familiar, sino también una proporción significativa de diagnósticos que antes parecían aislados.

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores analizaron el exoma —la parte del ADN que contiene las instrucciones para fabricar proteínas— de más de 17.900 pacientes, dentro de una cohorte que supera las 18.000 personas.

El exoma puede compararse con un manual de instrucciones del organismo. Detectar errores en ese manual permite identificar fallas que afectan el funcionamiento de las células.

Gracias a este volumen de datos, el estudio logró detectar variantes genéticas raras que antes no habían sido identificadas con claridad.

Nuevos genes y qué función cumplen

Entre los hallazgos se encuentran genes previamente conocidos, como SOD1, TBK1, NEK1 y TARDBP, junto con otros que no habían sido vinculados a la ELA, como YKT6, HTR3C, GBGT1 y KNTC1.

Cada uno de estos genes cumple funciones específicas dentro de las células. Algunos participan en el transporte de sustancias, otros en la comunicación neuronal o en procesos metabólicos.

Cuando estos mecanismos se alteran, las neuronas motoras pueden volverse más vulnerables al daño.

Un caso destacado es el gen ARPP21, asociado con formas más agresivas de la enfermedad y con un inicio más temprano.

Uno de los aportes conceptuales más importantes del estudio es la confirmación del llamado modelo oligogénico. Este término puede resultar complejo, pero su lógica es sencilla: la enfermedad no depende de una única mutación, sino de la combinación de varias.

Es similar a acumular pequeños factores de riesgo. Cada uno, por separado, puede no ser determinante, pero juntos aumentan significativamente la probabilidad de desarrollar la enfermedad. Este enfoque ayuda a explicar por qué la ELA presenta tanta diversidad entre pacientes.

Qué implica para el diagnóstico

El hecho de que el componente genético alcance al 25% de los casos tiene consecuencias directas en la práctica médica.

Los especialistas plantean que las pruebas genéticas deberían ofrecerse a todas las personas con sospecha de ELA, independientemente de si tienen antecedentes familiares.

Esto permite:

Identificar riesgos en familiares
Anticipar posibles evoluciones de la enfermedad
Clasificar mejor a los pacientes 

En este nuevo escenario, el diagnóstico deja de ser exclusivamente clínico y pasa a incorporar información genética clave.

Nuevas estrategias terapéuticas

El conocimiento de las mutaciones específicas también abre la puerta a tratamientos personalizados.

Uno de los ejemplos más avanzados son los oligonucleótidos antisentido, terapias diseñadas para actuar directamente sobre el material genético. Estos fármacos buscan corregir o bloquear los efectos de mutaciones concretas.

El medicamento Tofersen, aprobado para pacientes con alteraciones en el gen SOD1, es un ejemplo de este enfoque. Este tipo de tratamientos marca un cambio profundo: en lugar de abordar la enfermedad de forma general, se apunta a su causa específica en cada paciente.

Un estudio global con desafíos pendientes

El trabajo liderado por Project MinE constituye la mayor colaboración internacional en genética de la ELA, con datos provenientes de Europa, América, Asia y Oceanía.

A pesar de su alcance, los investigadores reconocen algunas limitaciones. La mayoría de las muestras corresponde a personas de ascendencia europea, lo que plantea la necesidad de ampliar los estudios a otras poblaciones.

Además, aún queda por validar el impacto funcional de varias variantes detectadas y explorar regiones del ADN que no fueron incluidas en este análisis.

Los resultados apuntan a una conclusión clara: la ELA no responde a un único origen, sino a la combinación de múltiples factores genéticos. Este nuevo enfoque transforma la manera de entender la enfermedad y establece una base para mejorar el diagnóstico, el asesoramiento familiar y el desarrollo de tratamientos.

Incorporar la genética como parte central de la evaluación clínica no solo permite conocer mejor cada caso, sino también avanzar hacia una medicina más precisa.

Aunque todavía no existe una cura, estos avances ofrecen un camino concreto para mejorar las estrategias terapéuticas y las perspectivas de quienes conviven con esta enfermedad.

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