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title: "Menos hijos y más mascotas: la paradoja que trasforma el lugar de la niñez y los espacios públicos"
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description: "Los animales ganan reconocimiento mientras la infancia los pierde. Una reflexión sobre el rechazo hacia los niños y niñas que el mercado convirtió en experiencia diferencial."
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date_published: "2026-08-13T08:20:00-03:00"
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# Menos hijos y más mascotas: la paradoja que trasforma el lugar de la niñez y los espacios públicos

![ScreenHunter_107](/download/multimedia.normal.8fc0c99ced22e233.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Estábamos en un restaurante cuando un niño de unos tres años comenzó a llorar y patalear sin parar. Se lo veía cansado y no había forma de calmarlo. Desde algunas mesas empezaron a mirar la escena con inquietud y, en algunos casos, desagrado, y la mamá se puso cada vez más nerviosa. Se levantó, lo llevó al baño para lavarle la cara, pero el niño seguía llorando.

Una señora, que tenía un perro acostado a sus pies, observaba la escena con gesto de desaprobación y movía la cabeza de un lado al otro. En un momento, el perro comenzó a ladrar hacia la mesa del niño. La mujer intentó calmarlo con un pedacito de carne y lo logró.

Por fin llegó la comida. El niño, completamente sobrepasado, no quiso comer. La mamá se levantó otra vez y se lo llevó afuera para intentar tranquilizarlo.

**Pet friendly y child free:** amigables con los animales y libres de niños. Dos expresiones que pueden convivir en una misma propuesta: los animales son bienvenidos; niñas y niños, no.

Desde hace años ganan popularidad los lugares destinados exclusivamente a personas adultas. Podríamos describirlo como parte de un clima cultural que convirtió el fastidio hacia la infancia en una posición pública cada vez más naturalizada y aceptada. Ya escribí sobre esto el año pasado, en la columna “Infancias desplazadas: la exclusión silenciosa de los niños en el espacio social”, pero vuelvo a hacerlo porque el fenómeno sigue ganando adeptos.

Se habla de niñas y niños como si fueran una categoría molesta: gritan, corren, ensucian, interrumpen, ocupan espacio. Las redes sociales recogen esas irritaciones, las reúnen y las transforman en identidad. Ya no se trata de una situación determinada: se afirma que los niños y niñas, en general, molestan.

Todo lo que se ha conquistado en los últimos diez años para la vida íntima y social de las mujeres sigue estando rezagado cuando se trata de niñas y niños. En las mujeres esa opresión funcionó durante años con premisas como “calladita te ves más bonita” y con la exigencia implícita de ocupar menos espacio social y físico. El recrudecimiento de los trastornos alimentarios y el uso del fármaco GLP-1 para lograr la delgadez extrema son un síntoma de esa forma de opresión.

De los niños se habla mucho menos en estos términos: los discursos suelen orientarse hacia la sacralización de una infancia angelical y feliz, mientras sostienen, en simultáneo, narrativas discriminatorias de las que se reniega.

La combinación entre espacios pet friendly y child free vuelve visible esta paradoja. Reconocer a los animales como seres sintientes y parte fundamental de los sistemas familiares es un avance genuino, lo revelador es que el mercado que humaniza y monetiza ese amor por las mascotas crece en proporción directa al desprecio hacia la infancia. Ofrece menús, camas, paseos y servicios para mascotas, y vende, al mismo tiempo, silencio, descanso y ambientes sin infancia como una experiencia diferencial.

La Organización Mundial de la Salud incluye este tipo de exclusión dentro del edadismo, y algunas investigaciones recientes utilizan la expresión anti-youth ageism: un sistema de estereotipos, prejuicios y prácticas que ubica a niñas, niños, adolescentes y jóvenes como inferiores, problemáticos o menos dignos de consideración y respeto que las personas adultas.

Atribuirle a la infancia características negativas para justificar su exclusión es una forma de discriminación por edad y por condición de indefensión, un rechazo que existe desde siempre pero que hoy se intensificó y ganó exposición pública: circula con una legitimidad y un alcance nuevos, naturalizada como una aversión hacia la infancia, especialmente por su necesidad de apoyos para crecer y desarrollarse.

Vivimos en sociedades que exaltan la autonomía y el culto al hedonismo, mientras ocultan la interdependencia que sostiene cualquier vida. Se espera que cada persona resuelva en privado el cuidado de sus hijos, de sus mayores, de quienes enferman o necesitan ayuda.

Esa lógica llega al extremo de desarrollar dispositivos basados en inteligencia artificial para acompañar a personas mayores que viven solas y aliviar su soledad mediante conversaciones, recordatorios y actividades. La tecnología puede resultar útil, pero no puede resolver las condiciones sociales que producen esa soledad ni sustituir la reciprocidad y la calidez de una presencia humana.

El cuidado está recluido dentro de los hogares o de las instituciones, distribuido de manera profundamente desigual y depositado, en gran medida, sobre las mujeres, que después son observadas por esa misma sociedad como agotadas, sobrepasadas por niñas y niños que naturalmente demandan tiempo y atención, y señaladas como si el problema fueran ellos.

Se sostiene así la falacia de que niñas y niños pertenecen exclusivamente a quienes los crían, como si esas personas fueran las únicas responsables de su cuidado y bienestar, y dejan de ser vistos como parte de la comunidad en su conjunto. La sociedad privatiza el cuidado y después castiga sus efectos.

La infancia y la vejez confrontan a las personas adultas con aquello que la época pretende negar: la dependencia, la fragilidad, la necesidad del otro y la imposibilidad de controlar por completo el cuerpo y las emociones.

Un niño puede llorar cuando el programa indicaba disfrutar, tener hambre cuando todavía no llegó la comida, hacer una pregunta incómoda o fuera de lugar para los adultos, o levantarse de la mesa y correr.

Una persona mayor también puede necesitar ayuda, demorarse, perder el hilo de una conversación o no responder al ritmo esperado. Sus presencias desordenan la fantasía adulta de un mundo previsible, administrable y cómodo, y excluirlas permite sostener por un rato esa fantasía de confort.

La infancia y la vejez se convierten así en depositarias de todo lo que una cultura productivista no soporta de sí misma: la lentitud, la dependencia, la fragilidad y la necesidad de ser cuidado. Sin embargo, nadie atraviesa la vida sin haber necesitado de otros ni puede garantizar que nunca volverá a necesitarlos.

Alcanza con una mirada de reprobación en una mesa de restaurante, para que una niña o un niño entienda que pertenece a una categoría considerada indeseable. Esa lección también está inscripta en los carteles, en los chistes, en los gestos de fastidio, en los reels para burlarse, en las conversaciones adultas y en la forma misma en que se diseñan los espacios. La infancia aprende cuál es su lugar observando el mundo que construimos para recibirla.

El sentimiento de existir se funda, en buena medida, en la experiencia de haber sido alojado en la mente y en el deseo de otros. Ser recibido implica también límites: convivir exige regulaciones para niñas, niños y personas adultas. Ubicar los límites a una conducta es muy distinto de transmitirle a alguien que su presencia constituye en sí un problema.

Es cierto que hay quien prefiere, alguna vez, comer en silencio: llega agotado de la semana, festeja un cumpleaños entre adultos, necesita una cena de trabajo sin sobresaltos. Pero los niños y niñas también quieren comer tranquilos, y sin embargo no se les ocurre pedir que se saque a los adultos de la escena. Ni siquiera podrían: no tienen ese poder. Esto es adultocentrismo: solo quien tiene el poder de organizar el espacio puede decidir a quién se excluye de él.

Si en los hoteles, clubes, restaurantes y experiencias de consumo colocaran un cartel que dijera “no se admiten adultos que hablen alto, que se quejen, que ocupen mucho espacio, que se rían fuerte, que coman demasiado o no quieran comer”, probablemente las denuncias por discriminación colmarían los tribunales. Cuando esto le pasa a los niños no se producen grandes escándalos.

La discriminación percibida y la falta de pertenencia se relacionan con un peor bienestar emocional, aunque el vínculo con un padecimiento psíquico determinado no es mecánico ni automático.

Ya en 2021, cuando el rechazo hacia la infancia todavía no estaba tan extendido como hoy, un estudio de David Steinberger y Deanna Barch, publicado en Modern Psychological Studies con 11.878 niñas y niños de entre 9 y 12 años de 21 centros de investigación, encontró que una mayor percepción de discriminación se asociaba con más problemas de conducta —tanto de internalización, como la ansiedad o el retraimiento, como de externalización— e incluso moderaba la relación entre el bienestar emocional y el funcionamiento cognitivo.

Cuando una niña o un niño siente que ocupa demasiado lugar, puede comenzar a reducirse. Aprende a hablar más bajo, a moverse menos, a no pedir, a vigilar las expresiones adultas antes de manifestar una necesidad.

En el consultorio se expresa con niñas y niños que piden permiso para moverse, para tomar algo, para jugar, para existir; que se desplazan por el espacio como si no les perteneciera. Son fenómenos subjetivos pero que muestran cómo es su vida dentro de la casa, que a su vez revela el lugar social que le cabe a la infancia.

En las niñas, además, se agudiza por el mandato de género: cuanto más quietita, se considera más buenita y bonita. Muchos niños y niñas se vuelven excesivamente adaptados; otros responden con enojo a una familia y a un mundo que los rechaza. En ellos puede aparecer vergüenza, retraimiento, hostilidad o la sensación persistente de ser una carga.

El daño tampoco se distribuye de manera igualitaria. Una infancia silenciosa, disciplinada y acompañada por personas adultas con recursos puede ser tolerada durante un rato. Siempre quedan más expuestos quienes no logran adecuarse a ese ideal: niñas y niños pequeños, con discapacidad, neurodivergentes, pobres o pertenecientes a grupos históricamente discriminados. La exclusión por edad se superpone con otras desigualdades: lo que se rechaza, en el fondo, es la infancia que no puede esconder sus necesidades.

En 2026, UNICEF, junto a UN-Habitat y la Organización Mundial de la Salud, volvió a señalar que los espacios públicos son una infraestructura esencial para los derechos y el bienestar infantil, en línea con el derecho al juego reconocido en el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño: son los lugares donde niñas y niños juegan, se relacionan, conocen otras formas de vida y comienzan a sentirse integrantes de una comunidad, y no un decorado ni un privilegio concedido por las personas adultas. Una sociedad que solo admite a la infancia cuando permanece callada, quieta y bajo control le exige que renuncie a aquello que la caracteriza para ganarse el derecho a estar.

Hace once años, desde Aralma llevamos adelante la campaña “La Voz de la Infancia”, con la que buscamos que el 8 de agosto sea instituido como el Día Nacional de la Voz de la Infancia. Poner en agenda pública el derecho de niñas y niños a ser escuchados y a ocupar un lugar legítimo en la vida social es, también, una forma de discutir y disputar estas narrativas de exclusión que se naturalizan cada vez con más fuerza.

Aquella mamá terminó de comer con los brazos extendidos sobre su hijo dormido, sin que nadie se ofreciera a sostenerle el plato ni a correrle la silla. A pocos metros, la señora seguía sentada, tranquila, con su perro descansando a sus pies.

Quizás el verdadero signo de una sociedad amable y respetuosa de los derechos de todas las personas se refleje en cuánto trabajan las narrativas que excluyen y estigmatizan a las presencias que considera incómodas, y en cuánto logre entender que el cuidado es un asunto colectivo, no solo de quienes tienen hijos. La próxima vez que un chico llore en una mesa cercana, quizás valga la pena mirar también a quien lo tiene en brazos y ofrecer ayuda a ambos.

Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.

INFOBAE

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